viernes, 15 de noviembre de 2013

Y no amanece.

Sí, podría darte mi número o pedirte el tuyo. Y seguramente tú me llamarías, o no podría esperar a llamarte yo. Quedaríamos en algún sitio bonito y al principio los dos nos sentiríamos especialmente torpes con las palabras. Daríamos un paseo y me tropezaría con algo. Pero nos reiríamos y a partir de ahí todo se volvería más fácil. Jugaríamos a pagar rondas de vergüenza hasta emborracharnos de ganas de besarnos. Se nos haría de día presentándonos desnudos en el sofá y bromearíamos sobre la necesidad de repetirlo. Quedaríamos muchas veces más, y tú seguirás haciéndote la cuerda mientras yo te persigo por todas las calles de esta ciudad. Y en cada esquina, ahí estaré yo. Siempre con mi mejor sonrisa. Y tú te reirás, como siempre, como nunca. Y preguntarás: ¿Otra vez tú? A lo que yo responderé: ¿Y quién si no? 
Al principio buscando excusas, después excusándonos por no hacerlo. Y todo sería sospechosamente perfecto: el ejército de hormigas en la barriga, la risa, las canciones, la cama... Y de repente llegaría la mañana en la que te das cuenta de que estás queriendo con la cabeza, y con el corazón. Con suerte ninguno de los dos enfermaría de cobardía y no nos arañaríamos demasiado. Llegarían las noches frías y estaría a tu lado. O el momento del día en que me cuentas cómo te ha ido y pones algo de música para bailar descalzos en el salón. Puede que hasta consiguiéramos no tener miedo. Y no es que me acojone la posibilidad de que me hagan daño... Pero últimamente no amanece en esta habitación, y me muero por saber de que color se volverían tus ojos si enciendo la luz.

Así que no, no te daré mi número, ni te pediré el tuyo. Nunca podrás llamarme y lo nuestro se quedará en una de esas historias de las que habla Andrés Suárez en sus canciones. Porque no existes, porque te encontré y te fuiste, amor.



/Álvaro

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